punto de encuentro

Camila Capra

Feb 19, 2026
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Apr 18, 2026

curaduria Oriana Capra

Hace diez años, estaba en la universidad y llevaba un curso que se llamaba “Mujeres y escritura”. La clase pretendía ampliar nuestro entendimiento del canon tradicional de la retórica, estudiando actos discursivos de mujeres a través de la historia. Leía a Mary Wollstonecraft, Sojourner Truth y Elizabeth Cady Stanton. A Emma Goldman, Virginia Woolf, Audre Lorde, Alice Walker, Gloria Anzaldúa y bell hooks, por nombrar algunas. Todas personas admirables; todas mujeres utilizando la redacción como un acto de agencia radical.

Pero lo que más recuerdo de la clase fue el día en que la profesora nos dio un sermón sobre cómo la capacidad de saber qué queríamos y atrevernos a pedirlo en lo cotidiano era el primer paso hacia la autodeterminación en asuntos más grandes. “Todo empieza por saber qué quieren de cenar”, nos decía, medio a gritos.

Comenzó a preguntarnos una por una, “¿Qué quieren de cenar hoy?”. Íbamos contestando, mientras repetía cada vez más fuerte, empeñada en dejar claro su punto, “¡¿Qué quiere de cenar?!”. Cuando llegó mi turno, contesté “pizza” y, hasta el día de hoy, siento que fracasé en el ejercicio de autonomía. No quería pizza ni comí pizza esa noche, fue simplemente lo primero que se me ocurrió.

En esa época, un día mi hermana, Camila, me llamó al salir de clases y me dijo, “No me va a creer, ¡Yayi escribía!”. La revelación no me sorprendía, pero igual me costaba imaginarlo. La única carta que mi abuela me había escrito recientemente era una tarjeta de cumpleaños en la que me agradecía por llevarla siempre de regreso a casa. Eso era todo; era lo único que decía.

Al entregármela, esperaba mi reacción mientras la abría, con un entusiasmo que no guardaba mucha coherencia con lo que expresaba. Me pinchaba el brazo mientras sonreía emocionada, sus dedos tensos como varillas de acero.

Mis amigas a menudo comentaban la rigidez de mis dedos, la forma en que les agarraba los brazos cuando me reía a su lado. Como si ese gesto involuntario me hiciera inferior, indómita, histérica. Me preguntaba si mis dedos habían heredado esa tensión de mi abuela.

En uno de esos viajes de regreso a casa, a los que ella aludía en la carta, me venía hablando de cómo la vecina le había dicho que le encantaba oírla tocar el piano por las tardes. Escuchar a mi abuela era un arte complejo. Me contaba con una energía igualmente efímera sobre la vecina, la victoria de la selección de fútbol, lo delicioso que había estado el almuerzo y cómo habían florecido sus orquídeas.

Pero de repente, se detuvo un instante, y la miré a través del retrovisor. A veces, observarla en silencio y quietud se sentía como mirar a través de la ventana de una extraña: está anocheciendo y la extraña está sola en la cocina, comiendo pasta recalentada o leyendo un libro bajo una luz tenue. Es la única ventana iluminada de la casa. Me pregunto por su vida, por cómo vive más allá de ese pequeño marco. Inconsciente de mi mirada, ella contempla el plato o la página. Algo en mi observación se siente intrusivo y, aun así, la intimidad me cautiva, como una pintura de Edward Hopper. Hasta que me golpea un sentimiento de asilamiento. Creo saber algo de la extraña, quizá incluso algo que ella desconoce, pero en realidad solo conozco la narrativa que fabrico sobre su vida. Sobre quién es y cómo se siente en su soledad.

Cuando la observaba absorta en sus pensamientos, la imaginaba como una niña, la menor de diez hermanos, inscribiéndose en clases de ballet y bailando en el recital sin que nadie lo supiera. La veía estudiando música y escribiendo a escondidas. La imaginaba en su vieja cama, meditando si dejar a mi abuelo. La veía tomar con cuidado los dientes de mi mamá y mis tíos, colocándolos uno a uno en un recipiente para montarlos en un collar, el mismo collar que hoy usa mi hermana. Pensaba en todos los silencios que su mente llevaba consigo.

Me preguntaba por qué conocía tantas historias de mi abuela que ella misma nunca me había contado. Me preguntaba si alguna vez ella se detenía a reflexionar sobre alguna de estas experiencias. ¿Cómo se contará a sí misma la narrativa de su vida? ¿O acaso su memoria no logra mantenerse al día con el ritmo acelerado de sus pensamientos? Me preguntaba si mi abuela alguna vez se sentía atrapada en su mente.

El día que Camila me llamó, venía de visitar a mi abuela, que le había mostrado un recorte de La República de los años sesenta. “¡Mucho cuidado, no abusar de Chardín!”, se titulaba el ensayo. Como si fuera lo más casual del mundo, le compartió —cosa que ni mi mamá sabía— que solía escribir y enviar sus comentarios al periódico. Lo hacía bajo un seudónimo: Vértice, “el punto de encuentro entre dos líneas”, lo definió ella.

Quizá sonaba como un cuento cualquiera. No es que estuviera cambiando el curso de la sociedad como Mary Wollstonecraft, pero encontraba en la escritura un espacio de resistencia. Yo sentía que era como una de las tantas mujeres que estudiaba. Escribía a escondidas y, según nos contaron, en la cocina, probablemente el único espacio simbólico donde podía pensar en voz propia, exponiendo un mundo interno que tal vez en otros ámbitos no se le permitía existir.

“¡Mucho cuidado, no abusar de Chardín!” era un texto complejo; trataba sobre filosofía y teología, terrenos históricamente reservados a los hombres. Parte de lo más impactante era descubrir ese lado de mi abuela, que hasta entonces solo habíamos conocido a través de vislumbres. No era la madre, ni la abuela, ni siquiera la música. Era la intelectual, la pensante, la mujer reflexiva. Su pensamiento propio, sin buscar validación.

Vértice era, ante todo, un ejercicio de agencia por medio de la expresión. El escrito de Chardín concluye con una frase hermosa, “…esa fe divina que es cúspide del género humano del cual venimos, y al cual llegamos…”. Ese “género humano” situaba su juicio en la totalidad de la humanidad, reflejando una percepción más allá de los límites impuestos por la sociedad y resumiendo, en pocas palabras, su fe en la dignidad de cada ser.

Hace diecisiete años, sentadas en una cama de hotel, viéndonos la una a la otra, le pregunté por qué se había ido. Después de más de media vida juntos, a sus setenta y cinco, acababa de dejar a mi abuelo. Con los ojos más sabios y honestos que había visto, me respondió, “Quería morir con dignidad”. Nunca antes unas palabras se habían impregnado así en mi cuerpo.

Quizá, y ojalá, la tensión en mis dedos verdaderamente sea un pequeño legado de su intensidad, una marca de su energía que habita en mí. Porque sin duda, mi abuela siempre ha sabido qué quiere de cenar.

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Camila Capra (San José, Costa Rica, 1992) es una artista visual radicada en los Países Bajos. Su práctica, centrada en la cerámica, explora la experiencia humana a través de la relación entre sujeto, objeto y espacio, interesándose por temas como la identidad, la memoria, el duelo y el paso del tiempo. Al trabajar con un material marcado por la memoria del gesto corporal, el proceso se convierte en un eje central de su obra, prestando especial atención a las fallas y momentos de ruptura como espacios de transformación.

Camila cuenta con una maestría por Design Academy Eindhoven (2022), donde recibió el Premio a la Mejor Tesis, y una licenciatura con mención de honor por Parsons School of Design (2015). Ha presentado su trabajo en exposiciones individuales en San José, Costa Rica y en muestras colectivas en Eindhoven, Países Bajos, Ciudad de México, México, y Toronto, Canada. Su obra también ha sido destacado por Materia Press.

Para conocer más sobre su trabajo, puede ver la página web aquí.

“Punto de encuentro” es una exposición de la artista Camila Capra, quien explora la historia familiar como un espacio de intersección entre la revelación y el secreto. La muestra surge de la confesión íntima de su abuela, que solía escribir a escondidas y publicar sus comentarios bajo el seudónimo de Vértice. Desde la reflexión sobre ese gesto, la artista construye un cuerpo de obra que dialoga con lo oculto, lo heredado, lo compartido y lo no dicho; la palabra escrita en silencio, resguardada para una misma.

Aunque parte de objetos reconocibles como el escritorio, el libro, el papel, las cartas y la borla, la obra realmente trasciende la figuración. Los elementos no buscan representar literalmente, sino activar una sensación, la de estar ante algo que se revela parcialmente, que guarda y que protege.

De esta manera, Camila nos sitúa en una experiencia de búsqueda que no llega a certezas. No podemos leer lo que está escrito en el libro ni en las hojas apiladas; no sabemos que llevan las cartas o para quién son, qué resguarda la caja de reliquias o qué carga el bolso. Nos quedamos sin poder acceder completamente a ese espacio propio. Un espacio simbólico para la artista.

En este sentido, la exposición es profundamente evocativa. Parte de una narrativa familiar concreta, pero pretende impulsar la imaginación hacia territorios más amplios. La cerámica le aporta gran libertad para explorar estas tensiones entre la memoria personal, la agencia y la condición histórica de la mujer. Es situar su reflexión en un material que contiene memoria en sí mismo, que consolida lo efímero y que permite que la mano quede inscrita en lo tangible. La memoria heredada deja de ser relato para volverse superficie y tomar espacio.


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